Cristina Flantains y Javier Martín templan con música y versos la tarde de lluvia en Santa Colomba de Somoza.

La lluvia sobre el campo de voz de Javier Martín abre la tarde poética en Santa Colomba. Ha llegado junto a Cristina que viene a envolvernos de Phi, de proporción áurea (que nadie incurra en el error de equivocar esta con Pi, el 3,14 geométrico, pues nada tienen que ver) y por lo tanto proporción mística que resulta de un cierto logaritmo que deriva en una constate simetría en la naturaleza, el ser humano, la arquitectura o porqué no, la poesía.

Cristina nos abre las puertas de este misticismo a través del deseo, la muerte o la memoria como parte de esa percepción única de la belleza áurea de la que en ningún modo podemos escapar. Una imagen perfecta, la llama elocuente de sus versos.  

Declama la poeta que no hay palabras para días como este. Sobran los aderezos. Y libre de dichos atavíos suenan sus poemas, siempre directos, sin discursos excesivos, que tan solo adorna con la guitarra de Javier Martín sin romper en lo más mínimo su estética.

Nos acerca al conocimiento del destino, condenado a la repetición, acompañado de esa sombra criminal que desconoce el nombre de las cosas, definido a golpe de silencio. Y al amor, también nos aproxima pausadamente al amor, que siempre tiene un nombre para poder ser despedido porque la ironía de las cosas es que nunca son lo que parecen y el amor también puede ser condena.

La tarde recorre su camino, y nos damos cuenta de que todos los presentes tenemos la capacidad de vivir en un poema de Cristina mientras la lluvia repica contra los cantos rodados del patio de la Casa Maragata en la que nos encontramos y que recorremos sus versos como avenidas que se alargan sobre las finas cuerdas de una guitarra.  

Nos acerca al deseo, a pesar de no haber sido educados para desear, nos insta a revelarnos para poder construir nuevos caminos e ignorar los límites. Y a la muerte, también nos acerca a la muerte, para la que tampoco hemos sido educados. Protocolo de despedida para el que no estamos preparados pero necesario para dar paso a las cosas nuevas.

En clave de empatía se acerca al sufrimiento de otros y se revela contra los variopintos dioses hasta que logre la capacidad de ignorarlos pues sin ellos la cabida de la belleza es mayor y nuestra historia menos repetitiva.

A través de su propia expresión de los Cantos de Maldoror busca la esencia aterradora del mal encerrada en una jaula de ternura que la reconcilia con Ducasse y sus versos hasta convertirlos en un beso que acompaña la voz Javier Martín.

Se llena, se colma, rebosa y se derrama Cristina Flantains y nos hace partícipes de su alma poética, blanca, bondadosa, llama penetrante que logra que viajemos con ella en el mismo vagón donde crea sus letras transcendentes y necesarias, rosa de los vientos del primer rayo de luz del amor romántico que trata de eludir, pero sobre el que cae en su penúltimo poema de la tarde.

Termina, la poeta, con epílogo del Sembrador de Estrellas. Vida, camino y sueños compartidos con todos nosotros o como diría Machado:

“y la ola humilde a nuestros labios vino

de unas pocas palabras verdaderas.”

Gracias Cristina Flantains. Gracias, Javier martín.

ARTÍCULO DE ASTORGA REDACCIÓN SOBRE EL RECITAL

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